En 2003, LEGO estaba perdiendo un millón de dólares al día. La empresa acumulaba más de 800 millones de dólares en deuda y ese año registró unas pérdidas superiores a los 150 millones de libras. Estaba, según sus propios directivos de la época, a meses de la quiebra.

El error: diversificarse en todo menos en ladrillos

Durante los años noventa, LEGO había intentado crecer expandiéndose muy lejos de su negocio original. Abrió parques temáticos (Legoland), lanzó líneas de ropa, entró en videojuegos y licencias, y multiplicó su catálogo hasta unos 13.000 productos distintos. El resultado no fue crecimiento sostenido, sino confusión: la empresa perdió el foco en lo único que realmente sabía hacer bien.

Piezas de LEGO de colores
De todo, menos ladrillos: así se diluyó el negocio que LEGO había construido durante décadas.

La decisión radical de octubre de 2004

En octubre de 2004, con la empresa al borde del colapso, LEGO nombró consejero delegado a Jørgen Vig Knudstorp, de 35 años — el primer CEO en la historia de la compañía ajeno a la familia fundadora. Su primera gran decisión fue tan simple como drástica: recortar el catálogo casi a la mitad, de 13.000 a 7.000 productos, y vender los parques Legoland, que la empresa no gestionaba de forma rentable.

La orden fue clara: volver a lo que LEGO sabía hacer mejor que nadie — el ladrillo — y abandonar todo lo demás.

Minifigura de LEGO en un tronco
La vuelta a lo esencial: menos líneas de producto, más foco en el ladrillo de toda la vida.

El resultado

La estrategia funcionó. En los años siguientes, LEGO no solo salió de la crisis: se convirtió en una de las empresas de juguetes más rentables y valiosas del mundo, superando a competidores mucho más grandes en capitalización de mercado. La compañía que estuvo a un paso de desaparecer terminó demostrando que, a veces, la única forma de crecer es hacer menos cosas — pero hacerlas mejor.

Fuentes