En 2016, la marca de streetwear Supreme puso a la venta un producto que no tenía nada de ropa: un ladrillo de arcilla, del tipo que se usa en construcción, con su logo estampado. Costaba 30 dólares. Se agotó en minutos, y poco después empezó a revenderse por hasta 1.000 dólares.

Un ladrillo, literalmente

El producto no escondía ninguna sorpresa: era un ladrillo rojo de ocho pulgadas de largo por cuatro de ancho, idéntico a cualquier otro salvo por el logo de Supreme grabado en la superficie. No tenía ninguna utilidad especial ni ningún material distinto al de un ladrillo normal.

Textura de ladrillo
El producto que se agotó en minutos no era más que esto: un ladrillo con un logo.

La reventa

Tras agotarse en la web oficial, el ladrillo apareció casi de inmediato en plataformas de reventa. El precio subió rápido: primero rondando los 200 dólares, y en algunos anuncios de eBay llegó a pedirse hasta 1.000 dólares por una sola unidad — más de 30 veces su precio original.

El ladrillo de Supreme se ha convertido en el ejemplo más citado de cómo el marketing de escasez puede inflar el valor percibido de un producto muy por encima de su utilidad o coste real.

El sistema detrás del ladrillo

Supreme construye deliberadamente escasez en cada lanzamiento. La marca produce cantidades limitadas de cada artículo de una colección, que a menudo se agotan en minutos, y nunca vuelve a fabricarlos. Los productos se sueltan en tandas pequeñas cada jueves — los llamados «drops» — y esa cita semanal fija se ha convertido en parte esencial del éxito de la marca.

Fuentes