Cada silla, sofá o estantería de IKEA tiene un nombre que parece aleatorio — Billy, Klippan, Malm — pero en realidad obedece a un sistema muy estricto que la empresa lleva décadas aplicando. Y ese sistema nació, según ha explicado la propia compañía, por la dislexia de su fundador.

El origen: un fundador que no recordaba códigos

Ingvar Kamprad, fundador de IKEA, era disléxico. Los códigos numéricos que usaban al principio para identificar los productos le costaba memorizarlos y visualizarlos. La solución fue sustituir esos números por palabras reales — sustantivos que sí podía relacionar mentalmente con cada mueble.

Mapa y diccionario antiguos
El equipo de nombres busca inspiración en mapas, calendarios y diccionarios.

Un sistema por categorías

Lo que empezó como una solución personal se convirtió en una de las señas de identidad más reconocibles de la marca. IKEA organiza sus nombres por tipo de producto: los muebles tapizados llevan nombres de lugares suecos, los muebles de exterior toman nombres de islas escandinavas, y los productos de baño se llaman como ríos y lagos. Las reglas son estrictas — cada nombre debe tener entre 4 y 12 letras, incluir alguna de las vocales suecas (å, ä, ö), y no puede coincidir con una marca registrada ni con un apellido.

Lago en Suecia
Los productos de baño de IKEA llevan nombres de ríos y lagos suecos reales.

El filtro que casi siempre funciona

Antes de aprobar cualquier nombre, el departamento legal de IKEA lo revisa para comprobar que no tenga significados inapropiados en otros idiomas ni conflictos de marca. El proceso funciona bien la inmensa mayoría de las veces — pero no siempre.

Algunos nombres se colaron pese al filtro: un banco de trabajo infantil se llamó «Fartfull», y un escritorio pensado para adolescentes recibió el nombre «Jerker». Ninguno de los dos significa nada extraño en sueco — pero en inglés fueron motivo de más de una sonrisa.

Fuentes