En 1975, dentro de un laboratorio de Kodak en Rochester, un ingeniero de 24 años construyó un aparato de casi 4 kilos que tardaba 23 segundos en hacer una sola foto en blanco y negro, y que solo se podía ver conectándolo a un televisor. Era la primera cámara digital autónoma del mundo. Kodak la patentó, la guardó en un cajón, y durante las dos décadas siguientes fabricó el negocio que la haría desaparecer.
El encargo que nadie pidió
Steven Sasson trabajaba como ingeniero en los laboratorios de investigación de Eastman Kodak cuando su supervisor le encargó un proyecto casi sin instrucciones: explorar si era posible capturar una imagen sin usar película. Sasson combinó una lente de cámara Super 8, 16 baterías de níquel-cadmio, un conversor analógico-digital y un sensor CCD recién salido al mercado, todo soldado a mano sobre seis placas de circuitos.
El resultado, terminado en diciembre de 1975, capturaba imágenes de 0,01 megapíxeles y las grababa en una cinta de casete. Para ver la foto, había que leer esa cinta y proyectarla en un televisor.

«Curiosidad y escepticismo»
Cuando Sasson hizo la demostración ante los directivos de Kodak, la reacción no fue entusiasmo. Fue, en sus propias palabras años después, «curiosidad y escepticismo» — la sensación de estar viendo algo que, en el mejor de los casos, era una rareza técnica sin mercado real. La calidad de imagen no tenía nada que hacer frente al carrete de 35mm, y nadie en la sala imaginaba a un cliente queriendo ver sus fotos de vacaciones en una pantalla de televisor en lugar de en papel.
«No sentía que fuera un gran invento.» — así describió Sasson, en entrevistas posteriores, la reacción de la dirección de Kodak ante su propia creación.
La decisión
Kodak no destruyó el invento ni lo mantuvo en secreto: lo patentó en 1978, y durante años cobró licencias millonarias a otras empresas por usar esa patente. Lo que decidió no hacer fue convertirlo en un producto de consumo. La razón era puramente económica: Kodak ganaba dinero vendiendo película y revelado, un negocio con márgenes altísimos. Una cámara que no necesitara película amenazaba directamente esa maquinaria, y nadie dentro de la empresa tenía incentivos para acelerar su propia disrupción.
Veinte años sentados sobre el futuro
Mientras Kodak dosificaba con cautela su propia tecnología, otros fabricantes —Canon, Sony, Nikon— fueron construyendo, sin las mismas ataduras, el mercado de la fotografía digital que terminaría por dominar la industria. Kodak llegó tarde a su propia invención: no lanzó una estrategia digital seria hasta bien entrados los años 2000, cuando la transición ya era imparable y sus competidores llevaban ventaja.
El desenlace es conocido: en enero de 2012, Eastman Kodak se declaró en quiebra. La empresa que en 1997 había llegado a valer más de 30.000 millones de dólares y que llegó a emplear a 145.000 personas, se convirtió en el ejemplo de manual de las escuelas de negocio para hablar del «dilema del innovador»: la dificultad de una empresa exitosa para canibalizar su propio negocio, incluso cuando ella misma tiene la tecnología que se lo exige.
Fuentes
- Relato de Steven Sasson sobre el desarrollo de la cámara, recogido en entrevistas y perfiles publicados por medios especializados en fotografía (PetaPixel, Amateur Photographer).
- Verificación cruzada del cronograma —patente de 1978, quiebra de enero de 2012— con cobertura periodística contemporánea a ambos hechos.
Nota de verificación: el relato de que Kodak «escondió» el invento se matiza con un hecho real: sí lo patentó y obtuvo ingresos por licencias, lo que no hizo fue desarrollarlo como producto de consumo durante dos décadas — la afirmación se presenta con esa precisión, no como un ocultamiento literal.